viernes, 19 de octubre de 2012

MACORINA

“ Ponme la mano aquí…..”
     En Cuba, Macorina levantó el escándalo al hacer rugir motores y obtener la primera licencia para ello. Ocurrió en La Habana de los años 20, y Chavela Vargas nos la rescató más tarde en una canción que lleva su nombre. 
     A nombre de María Calvo Nodarse se expidió la primera licencia de conducción a una mujer en La Habana de principios del pasado siglo, cuando nació en  el  pinareño de Guanajay en 1892, su nombre fue María Constancia Caraza Valdés.

                Fue acusada por la iglesia de diabólica, se asegura que fue un litigio obtener una licencia de conducción ya que no se había otorgado nunca a una mujer, lo cual provoco varios juicios legales, que se conservan en el  archivo jurídico de  la nación, y aparecieron  notas  en la  prensa, por tanto  creció  su imagen de triunfadora. Los comités  católicos le dedicaron varias  campañas por su “mal ejemplo”.
La  Macorina es un personaje  que  aparece en la  novela  “Las  impuras”  de  Miguel de Carrión empleando uno de  sus motes “la  aviadora”  y en el  teatro  la  hace  reaparecer el  dramaturgo Carlos  Felipe en su  célebre obra “Réquiem por  Yarini”
Su historia comenzó cuando un político la atropelló con su auto y le dejó una leve cojera por el resto de su existencia. Para recompensarla de la lesión, le obsequió un lujoso automóvil, y ella asumió el reto.
Cuando ganó su licencia, un Domingo de verano, se paseó por el Prado, manejando y tocando el cornetín, enseñando el documento ante los aplausos  y vítores de miles de admiradores asombrados, hecho que reflejó el diario  de la  Marina de 1925. "La primera mujer  chofer  de Cuba".
Su auto de color blanco, fue un Hispo-Suiza. En él recorría las calles de la Habana a unos 30 kilómetros por hora, mientras escuchaba la música de época a todo volumen.

Su audacia, su elegancia perenne, sus llamativos ojos, y otros tantos atributos la hacían despertar la atención por donde quiera que pasara. A este se le sumaba su personalidad tan especial y su carisma, que disfrutaban quienes conformaron lo más elitista de la sociedad capitalina de aquellos tiempos.

Y aunque su fama era la de una fémina admirada por cuanto ser que pasara a su lado, sin distinción alguna, un amor tuvo que le marcó su vida. Según ella misma contara en una de sus tantas entrevistas a la prensa, él apenas podía mantener la economía de la pareja. Entonces, la joven creyó cometer el gran error de su vida, al acceder a una propuesta hacerse de un status lujoso de vida. Fue cuando comenzó en la vida de aquella sin igual señorita, un nuevo período en su vida, cuando le sería asignado el apodo de “Macorina”.



Aquella “profesión” le valió, la más grande humillación. Lo del mote le llegó en uno de sus habituales paseos por las calles más concurridas de la ciudad, cuando un borrachín la confundió con una popular cupletista a quién conocían como La Fornarina. El susodicho la confundió con ella y pensó que su nombre era “Macorina”, al repetirlo tantas veces a viva voz ante la risa de los transeúntes, que desde entonces le adjudicaron ese reconocimiento.

Y como a ella le sobraban los amantes, acaudalados y espléndidos negociantes y políticos, entre ellos el ex presidente, José Miguel Gómez, ―quien se bañaba pero también salpicaba―, se hizo de nuevos carros cada vez más costosos, de lujosas casas, caballos, pieles, joyas y viajes al extranjero…
Y ya en el ocaso, perdidas su gracia y seducción, quien fuera “la hembra más celebrada de toda la ciudad”, no dudó en confesar a la prensa, con orgullo mal disimulado: “más de una docena de hombres permanecían rendidos a mis pies, anegados de dinero, y suplicantes de amor”.



Los amigos y clientes la fueron abandonando y una no muy joven Macorina tuvo que vender hasta la última de sus propiedades.

Algunos la recuerdan regentando un burdel en la calle Príncipe. Al final, se instaló en una humilde casa de huéspedes de Centro Habana, en la calle Galiano, cerca del Malecón.
Hoy no tengo ilusiones, pero sí paz. Vivo acompañada de la soledad”, declaró a la revista Bohemia, en 1958, a los 66 años, casi en la miseria.
Murió en La Habana en 1977.
De ella queda un lienzo de Cundo Bermúdez, una escudería de autos antiguos con su nombre. Inmortalizada en las famosas charangas de Bejucal, donde en los desfiles de personajes aparecía una muñecona con careta, debajo de la cual estaba su creador, al albañil llamado Lorenzo Romero. Así cuenta que fue como Maria se convirtio en "La Macorina", y pese a detestar el apodo, cierto es, que pasó con él a la fama popular y a la historia que mejor supo dignificarla, a partir del triunfo sostenido de la canción cantada y musicalizada por Chavela Vargas, con aquel famoso y atrevido  estribillo: “Ponme la mano aquí Macorina pon, pon Macorina, pon .........”.        

martes, 16 de octubre de 2012

Celia Rivas, la primera camionera

En 1932 llego a la Coruña con la decisión de sacarse el permiso de conducir, en esa época algo inédito y raro incluso en un hombre, Celia se convirtió en la primera mujer camionera de España.

El camion de Celia, donde transportaba pescado.
 Su procedencia es de una familia de tradición empresarial, la hija más pequeña de Joaquín Rivas, un empresario de ideas progresistas que había emigrado unos años a América. Eran tres hermanas, pero solo ella aceptó el reto paterno de conducir aquel camión que el padre había importado de los Estados Unidos.

Cuando su padre murió, ella se puso al frente del negocio familiar con el nombre de “Hijos de Joaquín Rivas” , si, en masculino, dados los tiempos que corrían. Pese a las dificultades iniciales, a partir de los 40 la empresa fue creciendo con la puesta en marcha de un aserradero y la compra de varios barcos de pesca.
Nacio en 1913 y murio en 1974