lunes, 31 de agosto de 2026

La sonrisa escondida

 

Nadie pensó que desde la niñez me iban a gustar las dos ruedas, racheaba con las chanclas cuando corría en la bicicleta por las calles y hacia el ruido de derrapaje como si mis frenos no estuvieran lo suficientemente bien ajustados, no usábamos cascos en bicicleta ni en moto entonces tampoco, mi primera bici de ensayo no tenía frenos, de ahí que hacia el ruido de la frenada… al principio me paraba contra los bordillos, contra los coches aparcados, con la pared, y a veces entraba directamente por la puerta de mi casa, porque entonces las puertas estaban siempre abiertas, para caerme dentro de casa ya… así tenía que andar menos recorrido llorando arrastrando la bicicleta, la mercromina la tenía más cerca pensaba. La bici era de la vecina, un pequeño hierro indestructible, yo tenía que esperar a que ella se cansara de corretear para poder usarla, y la veía pasar una u otra vez de un lado a otro, y yo sentada, callada, esperando, y cuando se hartaba entonces me la dejaba, para ese momento ya me quedaba poco tiempo porque todos nos íbamos a casa cuando se hacía de noche, así que aprendí apresuradamente a ostias como se suele decir, con las rodillas. chorreando sangre y los codos llenos de postillas negras sucias por la tierra.

Pero aprendí, y entonces ya pude decirle a mi madre que me “tenia” que comprar una bicicleta, porque al principio ella no veía que eso fuera algo divertido: pero si tú no sabes andar en bicicleta… ¿para que la quieres? Y mucha razón que tenía la mujer, así que, si quería hacerle ver que podía ser buena cosa eso de tener bicicleta, tenía que demostrar que era buen piloto. Muy cansina me puse con el tema bici, y no quedo más remedio que los Reyes vinieran en una de sus últimas ocasiones en Bicicleta, era una Torrox roja, con una bisagra en medio para poder plegarla con la intención de llevarnosla en coche al campo y que pudiera correr más libremente. Y descubrí por mí misma que no solo el cemento quema, que la tierra también pica, arrastrando las rodillas y sacando chinos de las heridas en las curvas practiqué la versión trail de las bicicletas, ya ves, como recuerdo en aquellos tiempos la misma bici para todo, con unas pantalones y alpargatas y unos seguros pantalones cortos, una gorra que sin duda daba la máxima protección a mi cabeza y los flecos colgando de los manillares, más feliz que un perdigón por los caminos iba yo. 

En el pueblo estaba siempre dispuesta a ir a la tienda a comprar, haciendo ver a mi madre que ir en bicicleta era mucho más rápido, en una recadera de cuidado me convertí y adquirí una buena destreza de pilotaje. Pero no sería eso lo que me resultaría más difícil, algunas personas machos no admitían y les parecía “incorrecto” que otras personas hembra anduviera arriba y abajo correteando con una bicicleta. Varias voces de “¡Macholina!...e insultos irreproducibles aquí recibía cada vez que ponía el culo en pompa en la bicicleta. Y yo sonreía para mis adentros, pero muy adentro para que no me vieran la sonrisa escondida y pensaba…. “pues veras cuando esto tenga motor”…

Y lo tuvo, las dos ruedas tuvieron motor, y entonces ya pasó a otro nivel, ya no era macholina , ahora era el otro extremo: motorista buscona. ¡Ayyy aquellos maravillosos años noventa! Y así escondiendo la moto en un garaje de alquiler con la ropa de moto en una bolsa de basura al lado, salía de vez en cuando a darme mi vuelta, en solitario, o solitaria, con la trenza escondida por dentro de la chaqueta para no molestar al resto de navegantes de la carretera, en silencio yo y rugiendo mi primera moto ella, una Yamaha Special 250cc. Aquellos primeros años con moto fueron solitarios, nadie con quien compartir las ruedas, nadie con quien hablar en una parada, nadie a quien acudir en una avería, nadie con quien discutir una ruta. Después de cada salida volvía al garaje, sin levantar la visera del casco abría la puerta, aparcaba, me cambiaba de ropa y salía a la calle. Mientras guardaba en mi bolsillo las llaves de mi secreto, una sonrisa me acompañaba de camino a casa, sonreía para mis adentros, pero muy adentro para que no me vieran la sonrisa escondida…




( Publicado en libro de Feria La Carlota 2026)

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